
Estados Unidos enfrenta un dilema en su estrategia para reducir la dependencia económica de China: cuenta con herramientas para presionar a Pekín, pero avanzar hacia una verdadera desvinculación tendría un elevado costo económico para Washington y sus aliados.
La política arancelaria aplicada por Estados Unidos contra productos chinos desde 2018 redujo parte de las importaciones directas desde China. Sin embargo, la participación china en el valor agregado de los productos que ingresan al mercado estadounidense no disminuyó de manera significativa, debido a que muchas mercancías continúan llegando a través de terceros países.
Un análisis citado por The Guardian señala que durante 2025 unos 67.000 millones de dólares en productos chinos fueron transbordados mediante países como México, India y Vietnam. Washington respondió con mayores controles y herramientas de inteligencia artificial destinadas a detectar rutas comerciales sospechosas, aunque estas medidas no modifican el origen de la capacidad industrial que fabrica esos bienes.
En otras palabras, cambiar el país desde el que ingresan los productos no necesariamente implica sustituir a China como proveedor.
La presión sobre el yuan
Entre las alternativas planteadas por especialistas aparece la posibilidad de que Estados Unidos presione a China para permitir una apreciación del yuan. Una moneda china más fuerte encarecería sus exportaciones y podría reducir parte de la ventaja de sus productos frente a los estadounidenses.
El tipo de cambio, sin embargo, no explica por sí solo el enorme superávit comercial chino. Una estrategia de este tipo requeriría además una coordinación con Europa y otros aliados, junto con medidas comerciales capaces de generar presión sobre Pekín.
El problema para Washington es que una confrontación directa con China podría desencadenar una escalada comercial y complicar las relaciones con sus propios aliados. De allí surge la crítica de que Estados Unidos estaría optando por controlar las rutas comerciales antes que enfrentar el núcleo de la capacidad exportadora china.
El elevado precio de la desvinculación
La principal dificultad para competir con China no estaría solamente en los aranceles o el tipo de cambio, sino en su capacidad industrial.
Un análisis de EY-Parthenon citado por Financial Times estima que Estados Unidos, la eurozona y Reino Unido necesitarían invertir 23,6 billones de dólares hasta 2050 para reproducir infraestructura, investigación, software, manufactura y cadenas de suministro que actualmente dependen de China.
De ese total, unos 13,7 billones de dólares corresponderían a Estados Unidos. El costo anual para que el Gobierno y las empresas estadounidenses reduzcan su dependencia económica de China rondaría los 550.000 millones de dólares, una cifra comparable a los aproximadamente 600.000 millones de dólares que las grandes compañías tecnológicas estadounidenses destinaron a centros de datos durante 2025.
A esto se suma la diferencia de costos de producción. Los precios de fábrica de numerosos productos chinos pueden ser entre un 20 % y un 100 % inferiores a los de sus competidores occidentales. Por eso, trasladar las fábricas a otros países no resolvería automáticamente la dependencia.
En Europa, por ejemplo, el análisis estima que una reducción significativa de la dependencia de China podría elevar entre un 1 % y un 2,5 % los precios de sectores relevantes.
El dilema para Washington, entonces, va más allá de decidir cuánto presionar a Pekín. Estados Unidos debe evaluar si está dispuesto a asumir el enorme costo de reconstruir cadenas de suministro y capacidades industriales capaces de competir con China.
Una desvinculación profunda podría fortalecer la soberanía comercial occidental a largo plazo, pero también implicaría un impacto económico considerable para Estados Unidos y sus aliados.


